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Nuestra teología reformada

Los cristianos reformados decimos a veces que estamos «reformados y siempre reformando». Esto significa que nunca dejamos de preguntarnos si estamos siendo fieles a la visión de Dios, y que nunca dejamos de estar reformando la iglesia para cumplir la voluntad de Dios. Hacemos esto porque creemos que los seres humanos están quebrantados. Y sabemos cuán fácilmente nuestra naturaleza humana puede corromper la iglesia de Dios.

La Escritura es la más alta autoridad sobre nuestra fe y su práctica. Las declaraciones de fe, llamadas credos y confesiones, también dan forma a nuestra fe y nos hacen enraizar en la teología reformada. Aunque la gente asocia la tradición reformada con el calvinismo, hay mucho más en nuestras creencias reformadas que los cinco puntos del calvinismo que usted pudiera haber oído mencionar.

Confesiones reformadas fundamentales

El Catecismo de Heidelberg

Con el cálido tono de un maestro bondadoso, el Catecismo de Heidelberg explica el Evangelio, los sacramentos, los diez mandamientos, y el padrenuestro.

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La Confesión Belga

La Confesión Belga, la más antigua y más abarcadora de las normas doctrinales de la RCA, esboza las creencias centrales de la fe cristiana con un acento reformado.

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Los Cánones de Dort

Los Cánones de Dort, que se escribieron en respuesta al arminianismo, clarifican la enseñanza reformada de la salvación y la gracia de Dios.

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La Confesión de Belhar

La Confesión de Belhar, la más reciente de las normas doctrinales de la RCA, aboga por la unidad, la reconciliación y la justicia.

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Resumen de las creencias reformadas importantes

Estas son algunas de las creencias fundamentales que se articulan en nuestras confesiones reformadas. Para comprender plenamente la teología reformada, recomendamos que lea las confesiones mismas.

Dios
El Dios trino

Dios es creador, redentor y sustentador.

Trino: El concepto cristiano de Dios como tres personas unidas en una esencia.

Providencia: El poder que Dios usa para asegurarse de que todo suceda a fin de hacer cumplir sus amorosos y sabios propósitos.

Creemos en un Dios que existe eternamente en tres personas igualmente divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios es «eterno, incomprensible, invisible, inmutable, infinito, todopoderoso; completamente sabio, justo y bueno» (Confesión Belga, Artículo 1). 

Dios el Padre es el creador de todas las cosas, visibles e invisibles, sustentando y reinando providencialmente sobre la creación en una relación activa de amor. Mediante Dios el Hijo, a quien conocemos como Jesucristo, Dios redime un pueblo para sí y restaura su creación. Y por el poder del Espíritu Santo, Dios está presente para nosotros, haciéndonos cada vez más parecidos a la imagen de Jesucristo. Todo esto es hecho «para alabanza de su gloriosa gracia» (Efesios 1:6).

La soberanía de Dios

Dios es soberano sobre el universo.

Los cristianos reformados tienen un alto concepto de la soberanía de Dios, una creencia de que «nada ocurre en este mundo sin la disposición ordenada de Dios» (Confesión Belga, Artículo 13). Pero no creemos que Dios use tal poder a la ligera. Más bien, enfatizamos la providencia amorosa de Dios, la cual explica que Dios hace que todas las cosas obren para nuestro bien (Romanos 8:28). Dios ejerce su soberanía al sostener «el cielo y la tierra y todas las criaturas» (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 27), y también en la manera particular en que, «por medio de su Palabra y Espíritu[,] reúne, protege y cuida su iglesia, desde el inicio del mundo hasta su final» (Confesión de Belhar, Punto 1).

La autorrevelación de Dios

Cómo conocemos a Dios.

Revelación: Las maneras en que Dios se nos da a conocer.

Los primeros cristianos decían que Dios se nos reveló mediante dos «libros»: el libro de la naturaleza y el libro de la Escritura. Conocemos a Dios mediante el mundo que creó, incluyendo nuestro propio ser: «este universo está ante nuestros ojos como un hermoso libro, en el cual todas las criaturas, grandes y pequeñas, son como letras que nos hacen reflexionar en […] el poder y divinidad eternos de Dios» (Confesión Belga, Artículo 2). El libro de la naturaleza nos muestra a Dios como Creador, pero no es suficiente para conocer a Dios como Redentor. Además, como resultado del pecado, no podemos tan siquiera ver a Dios correctamente en la creación. Solo con los lentes de la Escritura podemos ver la gloria de Dios revelada en la creación.

La Biblia trae una especificidad a la autorrevelación de Dios que no está disponible en la creación. En la Escritura, Dios se revela a sí mismo en la persona de Jesucristo, el cual es «la imagen del Dios invisible» (Colosenses 1:15). Lo que aprendemos de Dios mediante la Escritura es suficiente para proporcionarnos lo que «nos es necesario saber en esta vida, para la gloria de Dios y para nuestra salvación» (Confesión Belga, Artículo 2).

La Biblia es la Palabra de Dios
Creemos que la Biblia —los 66 libros del Antiguo y del Nuevo Testamento— no fue compuesta por «voluntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21). Ya que Dios es su verdadero autor, las palabras de la Escritura son santas y divinas. Podemos confiar en las palabras de la Biblia, «sobre todo porque el Espíritu Santo testifica en nuestros corazones de que proceden de Dios» (Confesión Belga, Artículo 5). 

Una de las características que definía a la Reforma era su insistencia en la «sola Scriptura», o la creencia de que en la Escritura se encuentra todo lo necesario para la salvación y la vida de fe. Los cristianos reformados dicen a veces que la Biblia es «la única regla de fe y vida».

La creación
La intención de Dios para con la creación

Dios creó todas las cosas, y las llamó buenas.

Shalom: Palabra hebrea que significa «paz­», una descripción del diseño de Dios para la creación como una de entereza, armonía, justicia y paz vivificadora.

Creemos que Dios «creó el cielo y la tierra y todas las otras criaturas de la nada», y que dio «a todas las criaturas su ser, forma y apariencia» (Confesión Belga, Artículo 12). El libro de Génesis afirma el bien original de la creación de Dios. Tras cada pieza de creación, la narración dice que «… Dios consideró que esto era bueno» (Génesis 1). 

En el relato de la creación, Dios crea a los seres humanos en el sexto y último día de dar existencia a las cosas. Aunque somos parte de la creación, somos singulares porque Dios creó a los seres humanos «a su imagen y semejanza—buenos, justos y santos» (Confesión Belga, Artículo 14). Ninguna otra criatura lleva la imagen de Dios. A los seres humanos se les dio también un rol específico: atender y cuidar el resto de la creación.

La intención de Dios para con la creación era que todos vivieran juntos en armonía. Dios anhela que los seres humanos «verdaderamente cono[zcan] a su creador, lo am[en] de todo corazón, y viv[an] con él en felicidad eterna, para alabarle y glorificarle» (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 6).

La caída
Por qué necesitamos la salvación

Los seres humanos están quebrantados y son pecaminosos.

Depravación total: La creencia de que, por causa de la caída, la naturaleza humana está profundamente corrompida por el pecado.

Pecado original: La creencia de que, a partir de la caída de la humanidad en el pecado, todos los seres humanos han heredado una naturaleza pecaminosa.

Los seres humanos comenzaron con la capacidad de obedecer perfectamente la voluntad de Dios (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 9). Dios nos formó a su propia imagen, y como espejos del bien, la justicia y la santidad de Dios. 

Sin embargo, decidimos darle la espalda a Dios. Nuestra desobediencia «ha envenenado de tal manera nuestra naturaleza» que todos estamos programados a ser pecadores desde que nacemos (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 7). Y el pecado de todos los humanos hizo que la creación fuese «sometida a la frustración» y puesta en la «corrupción que la esclaviza» (Romanos 8:20-21). Toda la perfección de la creación original de Dios se ha deshecho a consecuencia de la rebelión de la humanidad contra Dios.

Estamos quebrantados, y es imposible que nos arreglemos a nosotros mismos. Sin importar cuán arduamente tratamos de hacer el bien, «el pecado brota constantemente como si emanara de un manantial contaminado» (Confesión Belga, Artículo 15). Sin la gracia de Dios, «no est[amos] dispuestos ni so[mos] capaces de volver a Dios» (Cánones de Dort, Puntos Principales 3 y 4, Artículo 3). 

La justicia de Dios demanda que nuestro pecado sea castigado. Pero solamente alguien que es «un ser humano verdadero y justo», y que «también [es] verdadero Dios», podía pagar el precio por los pecados de la humanidad (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 15).

La redención
La expiación mediante Cristo solo

Jesucristo murió para expiar nuestros pecados.

Expiación: reconciliación con Dios, de quien el pecado nos separa.

Jesucristo, el divino Hijo de Dios, vino al mundo para reconciliarnos con Dios. Jesús se hizo humano y vivió una vida sin pecado. Luego sacrificó su vida en representación nuestra. 

Al padecer la muerte en la cruz, Jesús tomó el castigo que nuestros pecados merecían. 

Su muerte «es el único y el completo sacrificio y satisfacción por los pecados; su muerte tiene un valor y mérito infinitos, más que suficiente para expiar los pecados de todo el mundo» (Cánones de Dort, Punto Principal 2, Artículo 3).

Tres días después de que Jesús muriera, resucitó de entre los muertos. Mediante su resurrección, Jesús conquistó a la muerte para que cualquiera que en él cree pueda unirse a él en la vida eterna.

Justificación por la fe sola

La fe en Jesucristo es todo lo que necesitamos para ser salvos.

Justificación: ser hechos justos ante los ojos de Dios.

Aun en nuestros mejores momentos, nuestras acciones están manchadas por el pecado. No obstante, por su pura gracia, Dios nos concede la justicia de Cristo. Cristo limpia nuestro expediente. Es como si nunca hubiéramos pecado. Todo lo que tenemos que hacer es aceptar su don de la salvación «con un corazón creyente» (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 60). 

En otras palabras, somos justificados por la fe, y no por cosa alguna que hayamos hecho. Nuestra justicia está en Jesús. No podíamos vivir una vida perfecta, razón por la que él vivió una vida perfecta para nosotros. La fe es el «instrumento por el cual abrazamos a Cristo». Ella «nos mantiene en comunión con él y con todos sus beneficios» (Confesión Belga, Artículo 22).

La salvación por la gracia sola

Dios nos da la fe para recibir la salvación.

Elección incondicional: la creencia de que Dios ha escogido a personas de antemano para salvarlas y que prepara sus corazones para que reciban el don de la salvación. Dios ofrece este regalo a las personas; no por sus méritos, sino como un acto de gracia inmerecida.

Estamos tan atrapados en el pecado que no podemos encontrar el camino de regreso a Dios. Como dice Cristo: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió» (Juan 6:44). 

Dios nos da la fe para aceptar la salvación como un acto de gracia inmerecida (Cánones de Dort, Punto Principal 1, Artículo 7). Recibimos este regalo sin consideración alguna de las cosas que hemos hecho. Nuestros méritos y fuerzas no tienen nada que ver con el mismo.

No se puede perder el don de la salvación
La fe en Cristo no es un regalo que Dios habrá de quitarle. Dios protege la semilla de nuestra fe en tiempos de duda. Y sin importar cuán gravemente pecamos, la salvación en Jesús nos cubre. 

"El plan de Dios no puede ser cambiado; la promesa de Dios no puede fallar; el llamado según el propósito de Dios no puede ser revocado" (Cánones de Dort, Punto Principal 5, Artículo 8). Si Dios ha elegido darte el don de la salvación por medio de Cristo, no puedes perder tu salvación. Aunque tropieces en tu fe y cometas errores, el sello del Espíritu Santo en tu corazón no puede ser invalidado ni borrado.

La santificación por el Espíritu Santo

El Espíritu Santo nos hace más como Jesús con el paso del tiempo.

Santificación: la creencia de que los justificados por la fe en Jesús están siendo hechos más santos continuamente por medio de la obra del Espíritu Santo.

La sangre de Cristo no solamente nos redime de lo que hemos hecho en el pasado. Mediante la obra del Espíritu Santo, la verdadera fe en Jesús remodela nuestros corazones para que se parezcan más al corazón de Jesús. A este proceso continuo de ser hecho más santo se le llama santificación. 

Es imposible que la fe santa no lleve fruto. Después de todo, no estamos hablando de una fe vacía. Estamos hablando de lo que la Escritura llama «la fe que actúa mediante el amor» (Gálatas 5:6). Esta fe mueve a las personas para que hagan por sí mismas las obras que Dios ha mandado en la Palabra.

Llegar a ser más como Jesús no significa que podamos ser nuestra propia salvación. Todavía pecamos. Y hasta una pequeña pizca de egoísmo humano, corrupción, celos u orgullo descalificaría a una obra de ser digna de salvación ante los ojos de Dios (Confesión Belga, Artículo 24).

La iglesia
El cuerpo de Cristo

La iglesia es el cuerpo de Cristo sobre la tierra.

La iglesia cristiana «es un conjunto de personas elegidas en Cristo por medio del Espíritu Santo para profesar la fe en Jesucristo como Señor y Salvador y para incorporar en sí misma las intenciones de Dios para el mundo» (Libro de Orden de la Iglesia, Preámbulo). La Escritura llama a la iglesia «el cuerpo de Cristo» y llama a Cristo nuestra «cabeza». La iglesia es fiel a su llamado cuando «participa en la misión, en el llamamiento a todas las personas a vivir en Cristo y en la proclamación de las promesas y los mandamientos de Dios a todo el mundo» (Preámbulo).

Las marcas de la «iglesia verdadera»
La iglesia está bajo la autoridad de Jesucristo, el cual une a los creyentes consigo mismo y a los unos con los otros. La iglesia yerra cuando «se atribuye más autoridad a sí misma y sus ordenanzas que a la Palabra de Dios».

Históricamente, la iglesia se ha caracterizado por tres «marcas»:

  • Ella predica el evangelio (Confesión Belga, Artículo 29);
  • Ella administra los sacramentos tal como Cristo los instituyó (Confesión Belga, Artículo 29);
  • Ella aplica la disciplina [eclesiástica] cuando los miembros no están viviendo conforme a la fe (Confesión Belga, Artículo 29).

Una cuarta característica de la iglesia, la unidad, es digna de mencionarse aquí. La unidad no se identifica entre las clásicas marcas reformadas de la iglesia, pero sí es captada por el Credo de Nicea y se explica con más detalles en la Confesión de Belhar. Esa característica consiste en que la iglesia está unida por Cristo con Dios y los unos con los otros (Confesión de Belhar, Punto 2).

La proclamación del evangelio

La iglesia tiene el llamado a personificar el evangelio de Jesús en palabras y en obras.

El evangelio promete que «todo el que cree en [Jesús] no perecerá, sino que tendrá vida eterna» (Juan 3:16). La iglesia es llamada a proclamar esta promesa evangélica a todas las naciones y pueblos, sin discriminación (Cánones de Dort, Punto Principal 2, Artículo 5). Es mediante «la predicación del santo evangelio» que el «Espíritu Santo produce [fe] en nuestros corazones» (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 65).

La Confesión de Belhar dice: «… con palabras y hechos la iglesia testifica de los nuevos cielos y la nueva tierra en donde mora la justicia». 

En un mundo lleno de injusticia y odio, una manera en que damos testimonio del evangelio es unirnos a Dios en la defensa de la paz y la justicia. Aunque la redención tenga un carácter eterno, Dios también se interesa por las necesidades inmediatas de la gente: «Dios trae justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos; […] Dios apoya al oprimido, protege al extranjero, ayuda a los huérfanos y las viudas y obstruye el camino de los malvados» (Confesión de Belhar, Punto 4). Por causa de esto, los cristianos reformados creen que «la iglesia debe testificar en contra de y oponerse a cualquier tipo de injusticia, para que fluya el derecho como las aguas y la justicia como arroyo inagotable» (Confesión de Belhar, Punto 4).

Los sacramentos

Los sacramentos son señales y sellos de las promesas celestiales de Dios.

Sacramentos: prácticas instituidas por Cristo como señales y sellos de las promesas de Dios en el evangelio.

«Los sacramentos son señales y sellos visibles y sagrados» que Jesús instituyó para ayudarnos a entender la promesa del evangelio y sellar dicha promesa en nosotros (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 66). Nos permiten experimentar con nuestros sentidos externos lo que escuchamos en la Palabra de Dios y lo que sentimos que el Espíritu hace en nuestros corazones. 

De esta manera, los sacramentos nos ayudan a fijarnos en la verdad que se encuentra en el corazón de nuestra fe: «el sacrificio de Jesucristo en la cruz como único fundamento de nuestra salvación» (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 67). 

Hay dos sacramentos en la Iglesia reformada: el bautismo y la Cena del Señor.

El bautismo

«Cristo ha mandado que bauticemos a todos los que le pertenecen con agua pura “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Confesión Belga, Artículo 34). El bautismo significa que la sangre de Cristo lava nuestras almas, así como el agua lava el cuerpo sucio. Bautizamos a los niños y a los adultos porque ambos «están incluidos en el pacto de Dios y en su pueblo» (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 74).

Aprenda más sobre el bautismo en la RCA.

La cena del Señor

En la última cena con sus discípulos, Jesús partió el pan y dijo: «Tomen y coman; esto es mi cuerpo» (Mateo 26:26). Después de cenar, tomó la copa y dijo: «Beban de ella todos ustedes. Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados» (Mateo 26:27-28). Mientras comemos el pan y bebemos de la copa de la comunión, recordamos el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo, los cuales recibimos en nuestras almas por la fe.

Aprenda más sobre la comunión en la RCA.

La disciplina en la iglesia

La iglesia quiere restaurar a las personas que se descarrían.

La verdadera iglesia «se gobierna a sí misma según la pura Palabra de Dios», rechazando todo lo que sea contrario a la Escritura (Confesión Belga, Artículo 29). Las iglesias reformadas tienen una estructura de gobierno que incluye a ministros, ancianos y diáconos. Estos «oficios», como se les llama, son establecidos para la supervisión y el cuidado de la iglesia. Una de las responsabilidades de los líderes eclesiásticos es cuidar espiritualmente a los miembros de la iglesia que no están viviendo de acuerdo con la Palabra de Dios. La disciplina en la iglesia pretende traer de vuelta a las personas a una relación correcta con Dios.

La unidad en Cristo

La iglesia es un cuerpo cuyos miembros provienen de toda la familia humana.

En Jesucristo, la iglesia tiene una unidad de carácter doble: con Dios, y los unos con los otros. Todos los cristianos, sin importar de qué vertiente teológica sean, pertenecen al mismo cuerpo: « Creemos en una iglesia santa, cristiana y universal, en la comunión de los santos llamados de toda la familia humana» (Confesión de Belhar, Punto 2). «[C]ompart[i]mos una fe, un llamado, una alma y una mente; ten[e]mos un Dios y Padre, s[o]mos llenos del Espíritu, s[o]mos bautizados en un solo bautismo, com[e]mos de un mismo pan y beb[e]mos de una misma copa; confes[a]mos un solo nombre, obede[ce]mos a un solo Señor, trabaj[a]mos por una misma causa y compart[i]mos una misma esperanza».

Nuestra unidad en Cristo es «un don y una labor» para la iglesia. Esta unidad «debe ser visible para que el mundo pueda ver que la separación, la enemistad y el odio entre personas y pueblos es pecado, el cual Cristo ya ha vencido» (Confesión de Belhar, Punto 2).

La restauración
Desde el huerto hasta la nueva ciudad

Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva.

Si bien Dios ha efectuado por completo la redención en Jesucristo, todavía no experimentamos la plenitud de la misma. Esperamos el día en que Dios habrá de realizar la suprema restauración de todas las cosas. Finalmente, Dios juzgará al mal por lo que es, dando punto final al poder del pecado y la muerte. La iniquidad será destruida, y Dios hará «nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21:5). 

En aquel día, el reino de Dios será «tan completo y perfecto que, en él, [Dios será] todo en todos» (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 123).

Como creyentes, estamos unidos a Cristo, tanto en su muerte como en su resurrección, la cual «es garantía segura de nuestra bendita resurrección» (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 45). Seremos resucitados a una nueva vida en el cuerpo, así como en el espíritu. En esa nueva vida, «gozar[emos] de una perfecta bienaventuranza que ningún ojo ha visto, ni oído ha escuchado, ni corazón humano alguno ha imaginado jamás» (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 58).

En palabras de Dios: «¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos» (Apocalipsis 21:3). ¡Amén y amén!